Manteniendo el equilibrio para atravesar el Sirât
“Existe un puente llamado Sirât
que une infierno y paraíso.
Se advierte al que lo cruza que su paso
es más estrecho que una hebra de cabello,
más afilado que una espada”
Disclaimer: Leer después de ver la película. Contiene spoilers.
Sirât cumple su cometido: mantiene al espectador en el filo de ese puente –a punto de caer y queriendo sostenerse– mientras acompaña a los personajes en un viaje que es, a la vez, camino y prueba. Si te dejas sumergir por su ritmo, no puedes salir sin explorar en tí mismo aquello que retumba en tu interior, especialmente si compartes la humanidad del trauma.
Inicia en lo que pareciera que solo es una película sobre un padre y su hijo buscando a su hija/hermana. Esa unidad en el tema nos genera contención, y de ahí empieza la montaña rusa de emociones: entre más se va desdoblando la historia y se viven situaciones límite, nos comunica la angustia de no saber qué sigue, y cómo no romperse en un mundo sin certezas.
El rave funciona como un pulso que lo invade todo, siendo el sonido un elemento clave que funciona como el bajo que da la pauta a la sinfonía emocional de la historia. De hecho, hay pocos diálogos, los comentarios son crípticos, no es una película para intelectualizar, es una película para sentir.
Empezamos compartiendo la ansiedad y la esperanza de encontrar a Mar, como si haciéndolo, ya todo va a estar bien. En realidad mientras ese es el motor, hay un camino trazado que mantiene la coherencia del camino. De pronto recibimos el primer golpe de realidad: aparecen soldados, detienen la fiesta y deben evacuar. Parece que está iniciando algo como la tercera guerra mundial.
Un grupo de ravers se escapa en dos vans hacia otro rave más al sur y Luis los sigue, con Esteban y su perro Pipa. Aquí, nos “sacan el tapete” y se activa el estado de supervivencia. El papá sigue a este grupo, con poca idea sobre qué hacer. Incluso el hijo pareciera que lo contiene a él y eso genera más ansiedad.
Continúa el camino y vamos viendo que aumenta la solidaridad y la empatía en el grupo. Empiezan a compartir y se van haciendo “familia”. Aquí bajamos la guardia, la tribu sostiene. Pareciera que incluso los dos perros transmiten, en medio del caos, el ejemplo de cómo ellos solo “están” y la ternura de su dependencia y lealtad incondicionales tranquiliza.
Y entonces ocurre el quiebre que define la película: el momento en que la van de Luis rueda hacia atrás y cae por un acantilado y mueren Esteban y Pipa. Lo disruptivo es que pareciera que se rompe el contrato emocional. ¿Por qué muere el hijo, el más vulnerable, símbolo de la esperanza en el futuro, la base segura a quien más había que proteger…? Ya sin él, queda una sensación de indefensión y el duelo se vuelve desgarrador. De ahí, literalmente nos vamos de bajada por la montaña junto con los personajes hacia quién sabe donde. Estamos viviendo el sirât.
Aun en la situación extrema en la que estaban, buscan una forma de procesar el dolor, y entonces usan una droga psicoactiva e improvisan un rave catártico e incluso terapéutico. Este es un elemento que ha explorado el director: el trance como medicina. La música —y el cuerpo— como anestesia, como oración, como intento desesperado de seguir vivos. Laxe dijo que en la cultura rave encontró una espiritualidad: “rezar con el cuerpo”, hacer catarsis corporal.
Y estamos metidos en esta especie de oración cuando “pum” Jade pisa una mina y muere, y luego le pasa lo mismo a Tonin. Regresamos al pánico y parálisis: es el momento donde la mente deja de pedir que haga sentido y solo pide sobrevivir.
El tramo final es de pesadilla: descubren que están en un campo minado. Intentan trazar un camino enviando vans vacías para detonar minas, pero explotan una tras otra. El tramo final lo camina Luis saliendo ileso. Bigui lo intenta y muere. Josh le pregunta a Luis “¿Cómo funciona esto?” y responde “No lo sé. Crucé sin pensarlo”. Es aquí donde Stef y Josh cruzan juntos, con los ojos cerrados y sobreviven.
Giorgio Nardone, en la terapia estratégica utiliza una analogía del campo minado cuando se tienen miedos y ansiedades que pueden surgir de manera impredecible en la vida. En Sirât, no es metáfora, es real, pero podemos darle la misma lectura. En una situación de extrema ansiedad: cuanto más intentan garantizar seguridad —enviando vans vacías para ‘marcar’ un camino— más comprueban que el control no ofrece salida. Ese intento de solución, se vuelve parte del problema: escanear y asegurar multiplica el miedo.
La escena cambia cuando el cruce deja de ser un problema ‘mental’ y se convierte en un acto corporal: avanzar paso a paso sin una certeza. El detalle de cruzar con los ojos cerrados condensa la maniobra: apagar el “sensor de bombas” (hipervigilancia) para volver a la percepción del propio cuerpo, al ritmo, a la intuición. El espectador de la película podría (idealmente) sentir algo similar: primero entra en escaneo ansioso y luego, agotado de buscar garantías, se ve empujado a un estado de presencia física—un reset psicofisiológico que no consuela, pero sí autorregula y organiza.
Laxe dijo que quería “violentar” al espectador, hacer una ceremonia extrema, un rito de paso; incluso habla de que el rechazo que provoca aparece como un mecanismo de defensa y que la película tiene una intención terapéutica: anular lo racional para que emerja lo emocional. En otra entrevista lo define como una especie de “shock therapy”.
En este sentido se trata de sentir el dolor, atravesarlo para superarlo. Eso es lo que hacemos en terapia. Acompañar en el “sirât” de la vida. Aún y que no exista una lógica, el trauma no se supera con la mente porque no es algo racional. El sanar se da al confiar en el proceso con los “ojos cerrados”, no quedándonos parados en un lugar “seguro”, sino caminando hacia “las rocas”, nuestra meta, siguiendo nuestra intuición.
Y entonces viene el final de la película: los tres supervivientes aparecen sobre el techo de un tren, cruzando el desierto junto a otros desplazados. No hay un consuelo que baste. No hay “mensaje” digerido y entregado para salir con un cierre tranquilizador. Hay continuidad: el tren de la vida seguirá.
Presentado en el ciclo “Nominadas al Óscar a mejor película internacional” en el club de cine ExaUDEM. 23 de febrero de 2026.
